BIENVENIDO/A

Espacio de relajación y reflexión, el diván tiene sus orígenes en la antigüedad al discurrir a largo de las paredes de las viviendas romanas más acomodadas y constituir en la arquitectura palaciega islámica una estancia privada común para el reposo y el deleite.

"El diván de Nur" viene a ser un lugar virtual para la catarsis que provocan enclaves, historias, vidas, ciudades, sitios y paisajes del mediterráneo.


Una mirada introspectiva, retrospectiva y exploratoria por al-Andalus, el Magreb y la diversidad cultural del Mare Nostrum de una historiadora en permanente búsqueda

domingo, 11 de noviembre de 2012

Alhambra. La evocación del Paraíso

La Alhambra evoca a través de las inscripciones de sus muros, la configuración de su planta, las estancias ornamentadas, el poder terrenal representado por el sultán y su conexión con la deidad mediante la materialización del paraíso.
Una razón que tuvo en cuenta el aprovechamiento hídrico desde su planificación al abastecer al conjunto palatino por medio de una acequia real que procedía del Darro, transformando las secas colinas de los montes y bancales en sendos vergeles que regaban los jardines del Generalife hasta constituir el canal central alhambreño.
Así, surtía estanques, fuentes y baños donde recrearse y efectuar la ablución.
Con este acto el creyente mojaba sus manos: instrumentos de acción, la boca, simulando la bebida del estanque del paraíso, la nariz, el aroma del jardín, los antebrazos, la fuerza con la que se construye el mundo, la frente, poso de sabiduría, las orejas, el sonido y las piernas el móvil hacia el camino divino.



Agua para enjuagarse o beber de las vasijas que se empotraban en las hornacinas o tacas de las estancias y con la que celebrar banquetes o festines cuando Muhammad V inauguró dos salas de los recintos privados del Palacio de los Leones.


En este sentido, aguas perfumadas de rosas que caían sobre los invitados: “como un diluvio hasta el punto que goteaban sus bigotes y calaban las colas de los trajes".
El sultán vuelve al espacio público: Palacio de Comares que aquí contemplamos cuyo jardín líquido proyectaba e iluminaba las audiencias bajo una bóveda celestial de maderas incrustadas, conformando estrellas.
Astros, constituían los siete cielos hasta alcanzar el trono bajo el que se sentaba el príncipe de los creyentes.
Los baños reales suponían la transición entre lo público y lo privado representado por el Palacio de los Leones donde nuevamente el paraíso irrumpe a través de un bosque de ciento veinticuatro fustes blancos que según Ibn al Jatib extasiaban la mirada, elevando el pensamiento.
Pabellones cupulados que rocían mocárabes como gotas en torno a un patio donde confluyen cuatros ríos hacia una fuente.
Surtidor que vierte el agua a través de doce leones diferentes y la hacen fluir por los canalillos en un ir y venir contínuo, casi eterno.
Y ante todo, una persistente eternidad que cobra sentido con la poesía inscrita de Ibn Zamrak haciendo de la Alhambra y de quienes la hicieron, un paraíso imaginario y materialmente memorable.